Manbos: El viejo oficio de fotografiar.

Se han cumplido más de 10 años desde que publiqué, junto con mi colega y amigo David Santiago García, mi libro MANBOS conteniendo las mejores fotografías de mi web manbos.com creada en el mes de enero de 2001. En el libro colaboraron los siguientes catorce fotógrafos profesionales de viaje: Jorge Sierra, Ricardo de la Riva, Kris Ubach, Juan Serrano, Fernando Tomás García, Juan Iglesias, Samuel Sánchez, Manuel Sánchez Valero, Sergio Martínez, Roberto Iván Cano, Javier Zurita, Mariano Morell, David Santiago García y yo mismo.

El precioso prólogo del libro fue escrito por otro buen amigo, Pepo Paz Saz fotógrafo profesional, escritor y editor en Bartleby Editores y que transcribo a continuación:

  • “Me siento en el frágil silencio de esta buhardilla mientras el frío sol de diciembre embarranca en el
    arrecife del cristal del techo y proyecta su luz débil, moribunda como el
    atardecer, sobre las estanterías repletas de libros y objetos que conforman mi
    existencia cotidiana. Afuera resuenan unos ladridos ahogados y el fragor del
    cercano tráfico. Dentro, en la pantalla plana del ordenador, se suceden
    imágenes de lejanos universos soñados una y mil veces, radiografías de la
    existencia que el mundo digital nos devuelve a miles de kilómetros de distancia
    con la misma precisión con que un cirujano extirparía un tejido enfermo para
    luego mostrárnoslo. Paisanos y paisajes que nunca había imaginado vislumbrar
    aparecen frente a mí merced a las utilidades de la red, de las líneas de alta
    velocidad y de una “ftp” que transporta información como hace muchos años el
    tren habría llevado las paradojas del mundo moderno hasta los confines más
    remotos. Miro las fotografías con la curiosidad con que un niño escrutaría un
    juguete nuevo y desconocido. Luego, con la voracidad de un hambriento al acecho
    de un bocado, las voy pasando de página en página, las amplio y reduzco, me
    detengo en ellas. Me estremezco.
  • Me ha venido a la memoria una anécdota que sucedió hace ya unos años en la
    calle donde habité toda mi infancia y adolescencia. Junto al edificio de tres
    plantas en el que vivía con mis padres había una decrépita vivienda construida
    en los tiempos en que Madrid era, sobre todo, extrarradio y posguerra. Al viejo
    hotelito le rodeada una infranqueable valla de ladrillos tras la que, cada mes
    de febrero, florecía un árbol del que nunca llegué a saber su nombre. Aunque
    todavía añore ese día cálido de finales del invierno en que la acera comenzaba
    a poblarse de flores caídas desde las altas ramas. Los niños se entretenían en
    horadar con pajitas los nidos que las arañas construían en las oquedades del ladrillo,
    pero aquella valla se convirtió, con el paso de los años, en un objeto
    cotidiano junto al que los transeúntes discurrían a cualquier hora del día o de
    la noche, con paso distendido o apresurado. Nadie parecía reparar en ella ni en
    lo que contenía de universo prohibido al otro lado. Un invierno, cuando el
    árbol había dejado de florecer y los bomberos habían acudido ya un par de veces
    a apuntalar la cubierta del hotelito, de repente un lienzo de la valla de
    ladrillo se derrumbó hacia el interior del jardín. La policía municipal tendió
    con eficacia, de lado a lado del paramento caído, esas cintas de plástico que
    nos anuncian obras y caminos imposibles para los peatones en la ciudad. Durante
    días la gente se detenía en la acera con asombro y curiosidad, miraba el jardín
    oculto, la hierba rala, la desdicha de la desahuciada mansión. 
  • La instantánea de la valla despanzurrada tiene idéntico efecto en mi memoria al
    de las fotografías que ojeo desde hace días por Internet: son las imágenes
    captadas por los colaboradores de Manbos en cualquiera de las esquinas de este
    planeta. Me produjo el mismo vértigo leer con cierta antelación los textos que
    acompañan al pie o al margen las fotos: podía cerrar los ojos e imaginar el
    cauce verdeante e interminable de un río en el sudeste asiático, sus oscuras
    aguas, un rostro desconocido surgiendo de la penumbra en una tienda del
    desierto del Chad o una, por no menos vista, destellante panorámica de Nueva
    York. Porque, pese a los avances técnicos a los que hemos asistido en los
    últimos años, el espíritu del fotógrafo reposta en idénticos manantiales a los
    de siempre: la realidad. Estos trabajos son fiel muestra de que la era digital
    no ha conseguido desterrar la curiosidad y capacidad de asombro que ha
    adiestrado durante años el oficio del fotógrafo para husmear en esa realidad y
    captar con su cámara la imagen única que ahora aparece ante nuestros ojos, en
    las páginas del libro, y nos desvela el mundo por un instante. Porque la
    fotografía nunca ha renunciado a la realidad. Como la valla caída nos mostraba
    algo que siempre había estado ahí y nuestros ojos eran incapaces de ver.
  • Conocí a Manbos García al mismo tiempo que a Roberto Iván Cano: en un viaje de trabajo
    al interior de una comarca de la Cataluña rural que apenas un puñado de años
    antes había sido devastada por el fuego. Ambos mostraban ya los evidentes
    síntomas de estar atrapados por el desasosiego de la era digital. A David
    Santiago
    le conocía de años atrás, precisamente de otro viaje al Alto Berguedà,
    una de las zonas más deprimidas de la provincia de Barcelona. Durante una
    marcha de cerca de seis horas para ascender hasta la cumbre del Pedraforça, y
    luego regresar al punto de reunión, David sólo llegó a tomar un par de
    instantáneas. Es un auténtico artesano de su oficio. En ellos, en el resto de los
    fotógrafos y colaboradores de Manbos que desfilan por las páginas de este libro,
    el lector descubrirá que es precisamente la confesión personal y la mirada lo
    que otorga a sus imágenes la capacidad de conmover, lo que explica el
    estremecimiento que me recorrió al leer los pies de foto y recrear las imágenes
    no vistas en mi memoria. Es su capacidad y paciencia para sorprender a las
    cosas como son realmente las que hacen grandes estas fotografías. Lo que
    convierte en único al viejo oficio de fotografiar.”
    .

Pepo Paz, Velilla de San Antonio, diciembre 2007


El libro acababa con este epílogo:

“Ojalá que nuestra imaginación nos ayude siempre a descubrir nuevos instantes en cualquier lugar donde el destino nos lleve. Y tengamos, siempre a mano, una cámara fotográfica para que nuestros recuerdos jamás se pierdan en el olvido”.

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