Llorar en el Ganges

La barca se mueve silenciosamente arrastrada por la corriente, vamos en dirección hacia el Manikarnika Ghat, el más importante crematorio de Varanasi. Las aguas bajan turbias después de los monzones y el descenso de nivel después de las copiosas lluvias se nota en los peldaños de las escaleras del ghat. Está anocheciendo. Nos acercamos lentamente pero ya podemos ver las piras funerarias ardiendo en la distancia. Solo puedo hacer fotos gracias a mi teleobjetivo, antes de pasar el templo nepalí, más allá está prohibido. La luz es tan pobre que me obliga a disparar con sensibilidades altas. Luego apago la cámara mientras la barca continua acercándose respetuosamente a la orilla. Ya se oye el crepitar de las hogueras. Todo el mundo guarda silencio.

Hay una vaca deambulando en medio del crematorio, se está comiendo las flores de las coronas que acompañan a los cadáveres. A la derecha también veo perros escarbando en los restos humanos que han quedado sin carbonizar. Al finalizar la cremación, la tradición manda al hijo mayor romper el cráneo de su padre con una vara de bambú y arrojarlo al Ganges.

Todo me parece en cierto modo surrealista, pero estamos asistiendo a la ceremonia religiosa más importante del hinduismo. El Ganges es el río sagrado de la India, donde todo hindú desea descansar eternamente aunque solo los más afortunados pueden permitirse este ceremonial para que sus restos finalicen el ciclo de la reencarnación y alcanzar de ese modo la vida eterna.

Lo realmente extraño es que estas ceremonias sagradas se hayan convertido en una atracción turística para miles de visitantes cada día. Algunos no lo soportan y luego pasan mala noche, a otros se les revuelve el estómago.

Absorto en su contemplación me doy cuenta que nuestro guía hace un gesto silencioso al barquero para que se retire de la orilla. Miro hacia atrás y encuentro el motivo: la emoción ha embargado a mi esposa y está llorando.

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